Videncia en la vida y en la muerte


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La Videncia y la Vida

 

Cuando volvemos nuestro pensamiento al tema de la muerte, entramos inmediatamente en el mundo del dolor humano. Casi nunca se va un alma de entre nosotros sin dejar detrás, al menos en uno y, a menudo en muchos corazones, ese dolor especial que la muerte siempre trae. Yo que conozco la vida después de la muerte como una experiencia casi continua, aún siento ese dolor al morir un amigo. Es una pena especial, una sensación de soledad, de  pérdida irreparable.

 

Ahora bien, ¿hay algún alivio para el corazón humano en éste, el más corriente, el más seguro de todos los dolores? A decir verdad, aunque  puede haber alivio,  no hay muchas posibilidades de que un corazón que es aún humano  escape a ese dolor especial porque es parte de nuestra  humanidad sentir la pérdida. Pero la comprensión adecuada de la naturaleza de la muerte y el conocimiento de la vida más allá de la tumba disminuirán grandemente  el sufrimiento.

 

¿Qué es, entonces, el nacimiento? ¿Qué es la muerte? ¿Qué es este dolor inevitable?

 

El nacimiento y la muerte son sólo incidentes en un viaje. El nacimiento no es un principio; la muerte no es un final. Ambos son fases en la larga peregrinación del alma humana.  Ya nos demos cuento individualmente o no, estamos todos íntimamente interesados en la búsqueda de la perfección del alma humana, la peregrinación hacia la conversión en  Cristo. En esta búsqueda estamos todos bajo el dominio de una ley—una grande y fundamental ley de la naturaleza—la ley de flujo y reflujo, de salida y retorno, porque somos todo parte de la marea de la vida que eternamente fluye y refluye. El nacimiento es una etapa de la salida que nos trae a éste, el más denso de loa mundos materiales. La muerte es la puerta de retorno, el principio del viaje de vuelta.  Ambos son manifestaciones de la ley de Periodicidad en la existencia humana.

 

¿Qué sucede cuando morimos? Es posible saber cómo es la muerte y también lo que hay más allá, porque ene le alma del hombre residen poderes  por medio de los cuales puede conocer  su propia inmortalidad, puede entrar conscientemente en la potencia  de su Divinidad y, con los ojos del Dios que es, percibir la Divinidad  en todo lo demás que existe. Una vez que conocemos nuestra propia inmortalidad, cesa la duda. A medida que profundizamos en  ese conocimiento, nos damos cuenta de la inmortalidad de todos los hombres. Ya no necesitamos depender por más tiempo sólo de la palabra de los grandes Profetas, los Santos y Salvadores. Una de las enseñanzas de la sabiduría antigua es  que este conocimiento puede ser alcanzado por todos. Si vivimos la vida que ellos han vivido, hollamos su sendero y aplicamos los principios por los cuales ha sido alcanzada su iluminación; nosotros también podemos saber. En este mundo de ignorancia ha habido siempre hombres que han sabido, nosotros podemos unirnos a sus filas si queremos.  Cuando se entra en el  Sendero de la Auto-Iluminación, aun en las primeras etapas, el velo que  separa los vivos de los muertos  se rasga y se ve la vida en el más allá.

 

Con esta visión abierta, si estáis en la habitación del moribundo, podéis contemplar el tránsito del alma. Al aproximarse el momento de la muerte, el individuo se retira del cuerpo flotando encima de él en una vestidura sutil, reproducción exacta de la vestidura física. Allí flota, generalmente inconsciente, conectado con el cuerpo más denso por un cordón claramente visible. Esta conexión llamada la Cuerda de Plata, tiene un extremo  en el tercer ventrículo del cerebro del cuerpo físico y el otro en la posición correspondiente del vehículo más sutil. Mientras esa cuerda permanezca entera, hay la posibilidad de resurrección, pero cuando ocurre el momento exacto de la muerte, se ve que esa cuerda se rompe. Ocurre algo parecido a una explosión a la mitad entre el cuerpo sutil y el físico. La cuerda de plata es el vehículo de las fuerzas vitales que fluyen entre el alma y el cuerpo, la manera de comunicarse el ego desde los cuerpos mental y emocional con el  físico.  Cuando la cuerda se rompe, algunas de las fuerzas  vuelven al cuerpo físico y otras se retiran a los vehículos más sutiles. El individuo flota entonces libremente.  Parece haberse liberado de la atracción de la gravedad porque generalmente se eleva en el espacio. Una vez rota la cuerda, no hay ya ningún intercambio de sensación entre el hombre interno y el cuerpo  que ha dejado atrás. No puede importarle lo que suceda al cuerpo después que la conexión ha sido rota.

 

Si examináis la condición de las almas así felizmente libertadas de sus cuerpos densos, las encontraréis concentradas en si mismas sin darse cuenta de lo que ha ocurrido y , salvo en raros casos, ocupadas en un importante proceso: el proceso de revisión. Durante éste, la vida pasada es vivida nuevamente, Los puntos salientes se destacan en perspectiva casi perfecta. Las  lecciones de la vida que acaba de terminar quedan impresas sobre la consciencia interna. Causas y efectos, éxitos y fracasos, son percibidos; la personalidad toda es resumida y comprendida por el  hombre interno  de un modo imposible para la mayoría de las personas que viven aquí en le plano físico. Este proceso es importantísimo para el alma y, por lo tanto, debemos abstenernos durante ese tiempo inmediatamente después de la muerte, del exceso de pena.  El cuerpo emocional, vehículo del sentimiento, es supremamente susceptible a las fuerzas emocionales y, aunque nuestra pena, tristeza y desesperación son bastante naturales, deben ser reprimidas por su reacción sobre el individuo mismo, ocupado en el proceso de revisión. Debemos detenernos a pensar no en nuestra gran pérdida, sino en su inmensa ganancia al libertarse de la pesada carga de la carne.  En la cámara mortuoria habrá una gran paz y hasta una gran belleza con sólo quedarnos tranquilos.

 

Después del proceso de revisión sigue un período  de tranquilidad e inconsciencia de las cosas externas. Esto dura de veinticuatro horas a dos o tres días. Entonces viene el despertar. Es una hermosa experiencia tanto para vivirla como para contemplarla. El individuo experimenta una sensación de ligereza, de bienestar, como si se hubiera desprendido de una pesada carga, de alguna gran responsabilidad que ha sido  llevada hasta la fatiga, y por fin alcanzando la libertad. En el caso de los que mueren en medio de dolores o la debilidad  de la vejez, hay un enorme alivio, una sensación de estar vitalmente bien y felices que contrasta gozosamente con la  vida en el cansado cuerpo que dejaron detrás.

 

Los ojos se abren, el individuo mira a su alrededor; casi siempre hay  sonrisa en el rostro, expresión de las experiencias internas. Generalmente lo que los ojos encuentran primero son los ojos de algún amigo o pariente quien, sabiendo de antemano, espera este despertar del recién llegado, listo para recibirlo  y presentarle su nueva vida. Puede ser la esposa, la madre o el amigo; puede ser un miembro de la Hueste Angélica o uno de la  gran banda de Protectores Invisibles que están allí   para ayudar al recién llegado. Esta banda lleva a cabo un sistema de auxilio  altamente organizado y consiste en miles de personas en quienes está despierto el espíritu del servicio. Algunos están encarnados, otros no. Los primeros están activos durante el sueño y los otros, continuamente ayudando a quienes los necesitan.

 

Algunas veces el individuo se da cuenta  en seguida de lo que ha sucedido. La reacción inmediata depende principalmente de su creencia religiosa, de su filosofía de la vida. Unos sienten un choque, algunos alivio, otros alegría. Algunos individuos reanudan en seguida, con facilidad y alegría, la vida que han estado llevando conscientemente durante el sueño en su experiencia terrenal, porque todos nosotros entramos todas las noches en el mundo de la muerte. El sueño y la muerte han sido llamados hermanos gemelos. Se diferencian solamente en que en el sueño la cuerda de plata no se rompe y, por tanto, se vuelve. El despertar del sueño aquí abajo es realmente dormirse en cuanto se refiere  a nuestra existencia súperfísica  más vital. Aquellos que pasan por la experiencia de salir del cuerpo conscientemente  durante el sueño para funcionar en los vehículos  más sutiles—para viajar en el mundo a voluntad, transportado libremente por el pensamiento  y la voluntad—lo encuentran tan gozoso que volver a la carne es, en verdad, dormirse: tan grandemente reducida es la velocidad de la vibración, tan obtusos todos los sentidos, tan denso este mundo, tan resistente a la voluntad interna. Así es que cuando nos dormimos de noche, despertamos en otra parte. Los que han muerto se despiertan allí con relativa permanencia y al despertar se encuentran con amigos o protectores y se establecen en su nueva vida de acuerdo con su temperamento.

 

La naturaleza de esta vida varía con el individuo. El recién llegado se puede adaptar fácilmente y, mirando a su alrededor, verá mucho que lo sorprenderá. Verá gente viviendo en comunidades construidas por el poder del pensamiento: ciudades, escuelas, templos, hospitales. Verá a las personas continuar con su profesión terrenal. El médico puede hallar almas torturadas, torcidas, que necesiten sus cuidados. La ceguera, la sordera y las diversas enfermedades tienen que ser aliviadas por el médico. La condición en que le recién llegado es encuentre será, en cierto sentido, una proyección de lo que él es. El hombre feliz hallará un  mundo feliz lleno de amistad, amor y dicha. El misántropo, el hipocondríaco, el individuo concentrado en sí mismo, entra en un mundo sombrío. Es para recién llegados como esos que se necesita el médico y muchos doctores en este vida entran en una vida de servicio en el más allá. Existe una vasta organización e instrucciones para el cuidado de los que lo necesitan.

 

El hombre de ciencia está ahora ante el lado vital de todos los procesos naturales: el crecimiento de la célula, el desarrollo del cristal, la estructura de la materia. Las fuerzas de la naturaleza son ahora visibles para él y sigue con interés renovado y ferviente su profesión científica. El artista entra en un mundo de belleza como jamás soñó. Encuentra que puede proyectar sus visiones mucho más fácilmente porque la materia sutil de ese mundo responde instantáneamente a la acción de la voluntad ye l pensamiento. No estando ya limitado por la arcilla, las pinturas y la pluma, encuentra en el mundo después de la muerte un medio para su arte, en el que la belleza interna  halla la expresión mucho más perfecta de lo que podría hallar aquí abajo; más aún, la visión es en sí misma más verdadera y más bella porque hay un velo menos entre el alma y la verdad. Así es en todas las profesiones de la vida; nuestra condición en la vida después de la muerte dependerá enteramente de nuestro temperamento y punto de vista.

 

Entremos en una de las grandes instituciones y veamos algunos individuos que necesitan curación. He aquí una persona que ha muerto en las garras de un vicio, el deseo de una droga o del alcohol, por ejemplo. En los vehículos más sutiles, sin la carne que amortigüe la intensidad del deseo, experimenta tal ansia como jamás sintió en la tierra y sin posibilidad alguna de satisfacerla. He aquí un alma en el tormento—éste es un infierno (si los hay) —pero fijaos en esto: no es un infierno infligido por Dios, sino uno creado por la persona misma, como tienen que ser todos los infiernos. Aun esta persona tan atormentada no sufre una tortura eterna infligida por un Padre desde arriba. Un aun un padre humano, sin importar cuán degenerado sea, condenaría a sus hijos al castigo eterno por un pecado cometido  en el tiempo. Ni tampoco es este sufrimiento una experiencia inútil, por el contrario, es sumamente fructífera, de ella el individuo emerge no sólo sabio y fuerte, sino purificado del deseo que ha sido consumido por el dolor. Procediendo de este dolor, el conocimiento se imprime indeleblemente en su consciencia y, así, si vierais a este persona pasar otra vez por los portales del nacimiento, hallaríais en ella repugnancia por esa forma de mal. Ha aprendido no por precepto o ejemplo, sino por experiencia. Los Protectores allá arriba pueden hacer mucho para ayudar a tal individuo, pueden explicarle el proceso y traerle fuerzas curativas, refrescantes y azules que saturen su alma con su poder curativo  y le alivien. De este modo la lección es prendida y el individuo vuelve nuevamente a la tierra.

 

También podemos ver un suicida. Su condición depende siempre del motivo de su acción. En muchos casos donde hubo egoísmo, se ve al individuo envuelto en un “capullo” negro, oscuro, en estado comatoso,  ignorante de todo lo que está ocurriendo a su alrededor. Está como suspendido en el hueco de una ola de vida. Así permanece hasta que llega el momento en que hubiera muerto naturalmente. Bajo la operación de la Ley del Ritmo despierta entonces y entra en la vida post-mortem tal como fue antes descrita. La deuda con la naturaleza, sin embargo, tendrá que pagarla  algún día con una muerte repentina en la próxima vida, naciendo muerto, o de algún otro modo. Otros suicidas se despiertan instantáneamente. No tienen ni aun unas pocas horas para revisar su pasado. Pasan muchas dificultades y, aunque para todas las personas buenas y de mente pura se puede pintar un cuadro verdaderamente feliz  de la vida después de la  muerte, sin embargo aún para éstas hay condiciones de sufrimiento y ésta es uno de los casos. El suicida permanece en un estado de consciencia que llamamos el medio mundo. No está ni libre del plano físico ni experimentando plenamente la consciencia interna. Allí permanece hasta que uno de los Protectores Invisibles puede libertarlo, como están todos ansiosos de hacerlo, o hasta que llega el momento natural de su muerte. Para los pocos tipos que tuvieron motivos nobles para su acción, no parece haber malos efectos. Entran en la vida después de la muerte con cierta felicidad. El suicido, sin embargo, es siempre un gran error.

 

Durante la última Guerra Mundial hubo necesidad de mucho auxilio y miles de Protectores rondaban sobre el campo de batalla para auxiliar a los soldados muertos repentinamente en la lucha.  Cuando un individuo así entra en la otra vida, a menudo lo vemos enfrascado en una lucha a muerte con un adversario muerto o creado por el pensamiento. Es llevado de aquí para allá más o menos ciegamente por el impulso de sus emociones: temor, lujuria,  excitación; y toma tiempo calmarlo. Los Protectores Invisibles sobre las trincheras de primera línea, en los hospitales de sangre, en la “tierra de nadie”, se apoderaban de estos individuos y procuraban llevárselos a una escena de paz y belleza donde se pudiera explicar lo que había sucedido. Generalmente en tales casos de muerte repentina hay un choque, una sensación de  pesar por los sueños que no se pudieron realizar nunca, por las esperanzas que no madurarán jamás. Esa sensación desaparece según ven la felicidad, libertad y ventajas de  la nueva vida y el individuo se organiza gradualmente en ese otro plano de existencia.

 

Durante la Guerra Mundial surgieron circunstancias especiales por las cuales se les ofreció a muchos de los soldados muertos en la batalla oportunidad de una rápida reencarnación y miles volvieron a nacer inmediatamente. Muchos de los niños tormentosos de los últimos quince o veinte años son las anormalidades  psicológicas que han resultado ser, porque dentro del cuerpo infantil hay un ser emocional y mentalmente adulto esforzándose por expresarse. Esto continúa sucediendo según se encuentran oportunidades para los soldados que murieron durante la Guerra Mundial. Esos niños deben ser tratados con el mayor cuidado, tacto y comprensión, reconociendo la lucha en su interior.  Es mucho privilegio ayudarlos inteligente y nunca brutalmente, porque el maltrato sólo hace el problema más difícil. Una experiencia tal de rápida reencarnación significará una gran intensificación de la evolución del individuo. Tales individuos viven encarnaciones en un ciclo de vida de salida y retorno. Eso significa duplicar sus oportunidades y experiencias físicas y, por tanto, apresurar su crecimiento. Es una de las recompensas del sacrificio.

 

Uno de los sitios más legres, felices y bellos de ese mundo especial de la muerte, es la institución donde se cuida a los niños. Son muchas en número. Permitidme deciros a los que habéis sufrido la pérdida de un niño pequeño, que vuestra pena se aliviaría si pudierais ver por vosotros mismos las muchas maneras en que se hace felices a los niños allí. Son mucho más felices de lo que podrían haber sido aquí y sus oportunidades de crecimiento son mayores. Viven en instituciones perfectas  a las que muchos padres y madres, aún en la tierra, van durante el sueño para prestar amante e inteligente servicio a sus hijos que han pasado por las puertas de la muerte. Allí llevan una vida maravillosa y perfecta en bellos edificios. Los niños están rodeados de belleza y ternura. La educación enfoca el lado de la vida: la historia se les hace visible, la geografía es vitalizada porque se les lleva a ver todas las partes del mundo, la geología es explicada como ha sucedido en el pasado y a menudo se les puede enseñar a manejar las fuerzas de la naturaleza.  Construyen juguetes que utilizan las fuerzas de la naturaleza. Recientemente yo pude hacer felices a unos padres entristecidos, pues yo había visto al niño que habían perdido recientemente felizmente ocupado en el mundo después de la muerte, construyendo en forma perfeccionada los juguetes mecánicos que le habían gustado tanto en su corta vida terrenal. Porque durante sus once o doce años aquí había mostrado inclinación por la mecánica, el que en esta vida posterior la siguiera satisfaciendo, fue para ellos una deliciosa prueba de que en la tierra donde ahora está, todas las necesidades  y dificultades de la niñez son satisfechas con ternura y sabiduría.

 

Después de pasar algún tiempo en estos lugares puede suceder una de dos cosas: el niño puede reencarnar en seguida, como hacen los niños a menudo; o puede crecer hasta convertirse en un hermoso tipo de adulto, después de lo cual el proceso de retraimiento continúa y el individuo vuelve a la conciencia egoica. En caso de nacer muerto o de una muerte temprana, el ego frecuentemente reencarna en seguida, a menudo en el mismo círculo familiar si la madre tiene otro hijo dentro de los pocos años siguientes. Algunas veces la madre siente que vuelve el mismo ego del niño que murió. A veces ésta es la deuda del suicidio y después que, naciendo muerto o con una muerte temprana ha sido pagada esta deuda, el individuo reasume después del segundo nacimiento la vida terrenal, libre ya de más obligación kármica por la trasgresión.

 

No hay nada que temer en la muerte. Borrad de vuestra consciencia todo temor a la muerte y esperadla realmente como una agradable liberación  de la carga de la vida en la carne. Hasta el proceso de disolución ocurre generalmente sin darnos cuenta nosotros. El esfuerzo que hay es molestia de la carne, no de la consciencia y esta última se despierta libre, pasando de la noche a la mañana, de la enfermedad, la ignorancia y la oscuridad, a la vida, la felicidad y la salud.

 

Finalmente se deja a un lado el cuerpo emocional en lo que se llama la segunda muerte, y el hombre se encuentra en el mundo  mental, ese  estado de felicidad perfecta que corresponde al Cielo de todas las religiones, como el sufrimiento que he descrito corresponde al estado del purgatorio. En el mundo mental se deja a un lado todo sufrimiento: no habiendo vehículo para el deseo, no puede haber deseo. En este estado que puede durar cien años, las aspiraciones, las ambiciones, los ideales filantrópicos y altruistas de la vida, hallan su consecución y este paraíso que nos espera a todos nos trae experiencias de acuerdo con la medida de nuestra nobleza en esta vida terrena.

 

Este estado por último llega a su fin y el ciclo ha terminado. Este viaje espacial ha finalizado y volvemos a nuestro hogar. El fragmento del verdadero “Yo” inmortal que salió por la puerta del nacimiento a este mundo de mortalidad, ha pasado por el valle de lágrimas y ha retornado. Este es el significado de la Parábola del Hijo Pródigo; este es nuestro método de crecimiento. Todo lo que nos sucede antes del nacimiento, durante esta vida y después de la muerte, es sólo para la educación del alma. Volvemos a nuestro hogar enriquecidos, trayendo nuevas capacidades, nuevos dones, nuevos poderes, los productos de nuestras experiencias, para agrandar y hacer más poderoso el “Yo” espiritual dentro de nosotros.

 

De este modo el verdadero “Yo”  que somos, crece según se suceden los ciclos de  vida. Pasan muchos cientos de vidas hasta que al fin todas las lecciones están aprendidas, todo conocimiento alcanzado, todos los poderes desarrollados desde el interior, y se cumplen las palabras de la Revelación: “A aquel que se vencedor yo le haré una columna en el templo de mi Dios y ya no saldrá más”. La necesidad del nacimiento y la muerte ya no existe. La resurrección y la ascensión conducen al estado del Cristo que ha ascendido, a la estatura completa del hombre perfeccionado, y la evolución se continúa en los mundos espirituales internos.

 

Este mundo en que ahora vivimos es sólo un fragmento del Universo; esta vida es sólo un fragmento de la vida más grande que vivimos en otra parte. El camino hacia la liberación del dolor es aprender a elevarnos de este fragmento aprisionado en el tiempo y en el espacio, al mundo más grande que es el todo y en el que moramos siempre en la eternidad.



 

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